A partir de la inmolación en un incendio del Teniente Eduardo Farley, voluntario del Cuerpo de Bomberos de Valparaíso, en el año 1858, se abre una extensa lista de voluntarios que ratificaron con sus vidas la promesa de servicio.

Los Bomberos de Chile, con alto sentido profesional, se preparan para minimizar los riesgos y enfrentar las emergencias sin pérdidas de vidas propias o ajenas.  Esa es la sana doctrina que los anima.  Pero, a veces, la vida nos presenta exigencias supremas, cuando no imponderables ocasionados por terceros que desatan desgracias, que si bien eran evitables, ocurren como siguiendo las pautas de las tragedias griegas.  El valor del voluntario consiste en no desconocer y aceptar ese imprevisto en el cual se involucra su propia existencia.

Uno a uno vemos leyendo los nombres de los caídos en actos del servicio, inscritos en letras de bronce. Todo ser viviente debe morir algún día. Esa es la ley natural.  La sabiduría antigua decía que de la muerte nace la vida.

Este es el caso de nuestros mártires.  Su sacrificio se multiplica en vida nueva, en renovación de ideales, en señeros ejemplos que vivifican a las nacientes hojas del árbol bomberil, tan duraderas como la fuerza que brota de esa savia que, por debajo de la historia, nutre a todo lo que merece perdurar. 

Ricardo Ruidiaz Nieva

El día 26 de Agosto del año 1963, al concurrir a un llamado de incendio, el carro Mack de la Primera Compañía, que viajaba por calle Gamero hacía el poniente, chocó violentamente con un camión estanque que se atravesó en la esquina de la calle San Martín.

Los voluntarios de la Primera Compañía, que tripulaban la máquina, salieron disparados en todas las direcciones, falleciendo instantáneamente Ricardo Ruidìaz Nieva, ante el dolor y angustia de sus compañeros y testigos presénciales.

Su muerte constituyó un duro golpe para la Primera, que tenía en él a uno de sus más preclaros voluntarios.